Hay partidos que nunca son solamente un partido.
Cada vez que Argentina e Inglaterra se cruzan en una cancha reaparece la misma discusión: ¿es posible separar el fútbol de la historia?
En la previa del encuentro, Lionel Scaloni intentó aplacar la emocionalidad e intensidad de los hinchas afirmando: “es un partido de fútbol, no busquemos otra cosa”. Carlos Bilardo había dicho algo muy parecido antes de los cuartos de final del Mundial de 1986 con su recordado “No politics, only only football”.
Si pensamos en ellos como directores técnicos, nos damos cuenta de que intentan sacarles peso a las piernas de nuestros jugadores y reducir la carga emocional que implica este partido. Es lógico, no deja de ser una semifinal que se intenta ganar y que requiere un alto rendimiento.
Sin embargo, el fútbol nunca se desarrolla en un vacío. Y por mucho que se lo quiera negar, el fútbol representa un espacio donde todo el tiempo hay tensiones, rivalidades y batallas por el poder que implican política (como todo en esta vida). Las selecciones nacionales representan mucho más que once jugadores: llevan un escudo, una bandera, un himno, una historia y una memoria colectiva. Los pueblos construyen memoria, llevándola consigo a cada lugar al que van y proyectándola constantemente sobre sus símbolos, incluso sobre el deporte.
Por eso cuesta sostener que el fútbol pueda separarse por completo de la política. No porque los jugadores sean responsables de conflictos que no vivieron, sino porque el deporte forma parte de la vida social y vive en constante contacto con una cultura popular que encontró un lugar en las tribunas.
No es casual que Muchachos, la canción que terminó convirtiéndose en un himno durante el Mundial de Qatar, recuerde a “los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”, nombrado junto a Maradona y a Messi. Tampoco que uno de los cantos más famosos sea, desde hace décadas, “el que no salta es un inglés”. Las canciones de cancha funcionan como una forma de transmitir identidad y memoria colectiva. De hecho, cuando se trata de fútbol, dejamos de pensarnos como individuos y empezamos a pensarnos como parte de algo mucho más grande, como un “nosotros”. Ganamos, perdemos, sufrimos, festejamos, todos juntos. Aunque no seamos quienes juegan el partido. El fútbol siempre fue una manera de contar quienes somos, que recordamos y qué cosas nos siguen atravesando como pueblo.
Esa identificación colectiva explica, en parte, por qué algunos partidos adquieren una dimensión que trasciende el juego. En tiempos tan inestables como los que corren, la Selección funciona como uno de los pocos símbolos capaces de condensar identidades muy distintas bajo una misma camiseta. Así, este cruce tiene una carga simbólica y emocional difícil de ignorar. No porque los futbolistas ingleses tengan alguna responsabilidad sobre una guerra ocurrida hace más de cuatro décadas, ni porque el resultado vaya a modificar la historia, sino porque a ojos del pueblo, el enfrentamiento remueve la memoria.
Ambos países y su historia
La rivalidad entre Argentina e Inglaterra no nació con la Guerra de Malvinas. Ya en el Mundial de 1966 el enfrentamiento había quedado marcado por la polémica expulsión de Antonio Rattín, quien no comprendía el idioma del juez y, por lo tanto, no entendía que había sido expulsado. En señal de protesta, se sentó en la alfombra roja del palco real, y al dirigirse hacia el vestuario retorció el banderín de córner que tenía la bandera británica. La polémica de aquel partido fue una de las razones que impulsaron, años más tarde, la implementación de las tarjetas amarillas y rojas. Además, las declaraciones posteriores del entrenador inglés Alf Ramsey, quien calificó a los futbolistas argentinos como “animales”, terminaron de profundizar la tensión.
En ese mundial Inglaterra se coronó campeón de manera muy polémica por un “gol fantasma” a la Alemania Federal.
De esta forma podemos decir que su único mundial ganado fue adquirido de la misma forma en la que Inglaterra consiguió la mayoría de los territorios de su imperio. O sus muestras en el British Museum.
El verdadero punto de quiebre llegó en 1982. La Guerra de Malvinas transformó para siempre el significado de cada enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra. Durante poco más de dos meses, ambos países se enfrentaron en un conflicto armado que dejó cientos de muertos y una herida que todavía forma parte de la memoria (y el trauma) en Argentina.
Cuatro años después de la guerra llegó el partido que para muchos, fue la forma de recuperar en la cancha una dignidad que la guerra había dejado profundamente herida. El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca, Diego Armando Maradona marcó dos de los goles más famosos de la historia del fútbol. Uno quedó inmortalizado como la Mano de Dios, el otro, como el Gol del Siglo. Con el paso del tiempo, el propio Maradona terminaría de despejar cualquier duda sobre su posición ante ese partido. “Era como ganarle a un país, no a un equipo de fútbol”, escribiría años después en su libro “Yo soy El Diego”. Junto con una frase que resume lo que buena parte de los argentinos sintió aquella tarde: “Era nuestra revancha. Nosotros no habíamos matado a nadie, ellos habían matado a nuestros pibes.”
Desde entonces, cada nuevo enfrentamiento fue sumando un capítulo más a una historia que nunca volvió a ser solo futbolística. En Francia 1998, Argentina volvió a eliminar a Inglaterra por penales después de un partido muy intenso y cargado de tensión, por la expulsión de David Beckham. Cuatro años más tarde, en Corea-Japón, los ingleses encontraron su revancha con un triunfo por 1 a 0 gracias a un penal realizado por el propio Beckham.
Desde aquel Mundial no volvieron a cruzarse oficialmente en una Copa del Mundo. Sin embargo, la tensión nunca desapareció.Porque jugar contra Inglaterra nunca es un partido cualquiera para la Argentina.
Así, la rivalidad permaneció viva en el recuerdo del pueblo, en las canciones de cancha, en las imágenes de la Mano de Dios y en una memoria colectiva que fue pasando de generación en generación, incluso entre quienes nacieron muchos años después de la guerra.
El fútbol y la política
Sería ingenuo pensar que todo esto ocurre únicamente entre Argentina e Inglaterra. El deporte lleva décadas demostrando que las canchas también son escenarios donde se expresan identidades nacionales, disputas simbólicas e incluso relaciones históricas de poder. El fútbol no reemplaza a la política, pero tampoco consigue escapar de ella (aunque intenten hacernos creer que sí). Inglaterra tiene su canción de cancha: “Two World Wars and One World Cup”, dos guerras mundiales y un mundial: Inglaterra, Inglaterra. Y la cantan contra Alemania.
Quizás por eso no deja de resultar llamativo que mientras tres de los cuatro semifinalistas de este Mundial (España, Francia e Inglaterra) son grandes potencias coloniales, Argentina (que llega a esta instancia en medio de una creciente “campaña antiargentina”, como muchos la denominan en redes sociales y entre aficionados) no solo es latina, sino también es un país que fue colonia, que durante buena parte de su historia mantuvo vínculos de dependencia económica con algunas de esas mismas potencias y que hoy forma parte de eso que conocemos como el Sur Global.
Por supuesto, una semifinal de un Mundial no puede explicar por sí sola siglos de historia, ni tampoco un resultado deportivo puede reparar una guerra ni modificar aquello que ocurrió. Pero el fútbol tiene una particularidad: transforma símbolos en experiencias colectivas. Una camiseta, puede cargar significados que exceden ampliamente a quienes los representan dentro de la cancha.
Por eso, cuando Argentina e Inglaterra vuelvan a enfrentarse, no estarán jugando una guerra ni disputando una revancha histórica. Pero sí serán protagonistas de un encuentro atravesado por una memoria que sigue presente.
Porque este partido representa mucho más que una semifinal. Representa una historia de encuentros y desencuentros, de heridas y de orgullo. Representa a un pueblo que recuerda a sus caídos, que convirtió el dolor en canciones y que encontró en el fútbol una forma de expresar aquello que todavía forma parte de su identidad. Porque durante noventa minutos millones de personas vuelven a encontrarse bajo una misma una misma bandera y una misma memoria.