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Así nacieron los pasos prohibidos tucumanos

por Florencia Luna

En redes como Tiktok, ser tucumano y tirar los “pasos prohibidos” se volvió una tendencia que no deja de crecer. Son cada vez más los usuarios que deciden tomar la visibilidad que les brinda esta red para compartir y crear comunidad con quienes reconocen clásicos cumbieros de Las Minifaldas, Las Guajiras, Don Carlos, Grupo Rayo, Los Avelinos y Gladys. También de otros artistas como Los Mirlos o Hugo Blanco que, si bien no son de nuestra provincia, resuenan fuerte en boliches como Malaba, Gitana o La Cascada. 
En las redes, es posible ver niños de 12 y 13 años, hasta jóvenes adultos bailando ese ritmo frenético y veloz que caracteriza nuestra cumbia local desde sus celulares ¿Cómo es posible que éxitos de hace 40 años hoy resurjan en las plataformas con tanto orgullo? ¿Qué buscan  los tucumanos con estas expresiones estéticas grabadas desde sus domicilios, en plazas o fiestas? Para responder estos interrogantes, resulta interesante revisar la historia de cómo este género se instaló y consolidó en Tucumán. El recorrido implica rastrear sus orígenes caribeños, seguir su llegada al Río de la Plata a través de Buenos Aires y analizar cómo se difundió hacia el norte del país mediante la televisión y la radiodifusión, en paralelo con la emergencia de espacios populares de ocio, como los carnavales y las carpas.
El mestizaje como matriz sonora
Si nos remontamos al origen de la cumbia como género, se advierte una fusión musical que nace en las costas y en la sabana colombiana, siendo parida con la herencia del bullerengue africano y los instrumentos de viento de los pueblos originarios. Así lo describe Darío Blanco Arboleda en “La cumbia como matriz sonora de Latinoamérica. Identidad y cultura continental”, destacando que este género tiene la capacidad para adaptarse a diversas zonas y crear nuevos sonidos, siendo utilizada como una herramienta identitaria poderosa para la construcción de grupos sociales, generacionales y en algunos casos, como un mecanismo contestatario
La cumbia “argentina” inicia su historia en Buenos Aires, teniendo un especial auge entre principios de los 60 y la década del 70 ‘s. Con la llegada de “Los Wawancó” en 1954 en la ciudad de La Plata, o con “Los Avelinos” en 1953 en Tucumán.
Nuestro país, atravesado por una segunda industrialización, comenzaba a dejar atrás el folklore de paisajes rurales, zambas sobre el desarraigo y chacareras con leyendas para encontrar, lentamente, una nueva forma de narrar y bailar su identidad urbana y obrera, ligada al carnaval y a la bailanta de barrio. En las letras de los clásicos tucumanos conviven temáticas propias de la provincia, como los peladores de caña de azúcar, los paisajes de Amaicha del Valle, la devoción a la Difunta Correa y la desigualdad social que golpeaba a los sectores más vulnerables, junto con melodramas románticos.
La instrumentación base de la cumbia tucumana
El género se diferencia de como suena en otras variantes como la cumbia santafesina, la villera o la colombiana. Es una hibridación que se desarrolla en ritmos de paseito, cumbia, gaita venezolana y guaracha cubana, con una doble percusión, que además de timbaletas puede incluir congas, tumbadoras, bongós, bajo, y un órgano que puede ser Farfisa o Hammond como el de Tulio Enrique León, o el que usaban Los Mirlos, quienes marcaron notable influencia en el estilo de artistas como Gladys o en Las Minifaldas. Como punta de melodía se suman otros instrumentos como el saxo de Avelino o Morito, la guitarra eléctrica en el caso de Don Carlos y Vielmetti, o una quena propia del NOA, o un arpa como la del venezolano Hugo Blanco. Además, se solía incluir acordeón que ejecutaba el organista, sin acercarse al “estilo Imperial” que dominaba la escena musical en el resto del país. Por esto las primeras cumbias tucumanas suenan a gaitas venezolanas, pero también se inspiran en mambos, beat y “pasodobles” herencia de la influencia inmigratoria española en todo el país. 
Con el retorno de la Democracia, el género cobró mayor aceptación popular.  Particularmente en los años 90, sonará en boliches barriales y en los más chetos. Ya no sería un consumo aislado en la bailanta local sino una nueva “movida tropical” que conquistaría el gusto. Desde entonces los artistas tendrían su espacio en entrevistas de TV, “Cenas show” y se multiplicarán los proyectos de grupos musicales. Aparecen en escena artistas como Grupo Rayo, Los 4 hnos Díaz, Los Trotes, Los Alamos, Isabelita, Gladys la Bomba y muchos más.
Del cassette  a la pantalla de Tiktok
Conscientes o no, quienes hoy tiran sus pasos, se filman y bailan en cámara para postearlo en las redes realizan un acto de exposición mediática muy grande de la identidad local. Más esto no se expresa en pantallas de streams o programas de TV nacionales dando legitimidad y ovación, todo se encuadra en un consumo de nicho. Los clásicos musicales tucumanos son nostalgia pero también cultura viva, sin dudas y cabe cuestionarse ¿Qué pasó de por medio para que una provincia que parecía pujante en la música tropical, no exporte más artistas que disputen la escena? ¿Es posible cantar con orgullo el género de una provincia que parece haber quedado detenida en sus formas de comercio, que expulsa a la población a edificar sus hogares en sitios cada vez más periféricos y donde la movilidad social es prácticamente nula? Tal vez en esos pasitos de baile, los tucumanos construyen una narrativa local y reclaman una voz y visibilidad que dice “seguimos aquí, todavía bailamos”.

 

-Foto de portada: Miguel Corbalan Norniella

Meta Crisis, periodismo desde la periferia. Tucumán, Argentina