En lo que va de 2026 en Tucumán llovió durante casi la mitad de los días, una frecuencia que ya se volvió rutina. Febrero registró precipitaciones en 23 de sus 28 días y en menos de cuatro meses la provincia ya acumuló niveles equivalentes a un año entero, según informes del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria).
Incluso hubo jornadas en las que, en apenas horas, cayó casi la mitad de la lluvia promedio mensual. Esto provocó suelos saturados, sistemas de drenaje desbordados e inundaciones en distintos puntos de la provincia.
Esta secuencia no dio tregua hasta la primera semana de abril, cuando las lluvias dieron paso a días de calor intenso, inusuales para el recién llegado otoño. Sin embargo, la pausa fue breve: cuando parecía que la situación comenzaba a estabilizarse, nuevas tormentas volvieron a golpear con fuerza, bajando la temperatura y reactivando las inundaciones en zonas que empezaban a recuperarse.
Bloqueo atmosférico
¿No les parece inusual esta mezcla de climas? Porque lo es.
Esta inestabilidad climática se encuentra patrocinada, en primera instancia, por un bloqueo atmosférico en el Atlántico que convirtió a Tucumán (y a grandes partes del NOA) en un embudo de tormentas interminable.
Según un análisis realizado por el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), se trata de una especie de “pared” invisible estacionada en el océano Atlántico, justo frente a la región pampeana. Normalmente, el sistema de circulación de vientos en nuestro país viaja de oeste a este, pero, según indican los especialistas, este bloqueo frena la circulación habitual, la desvía y genera lo que denominan un “embotellamiento de tormentas”. Las nubes cargadas no pueden avanzar, se estancan sobre el norte del país y descargan toda su furia sobre nosotros y nuestras provincias vecinas.
Por otro lado, el calentamiento global es el responsable de agravar brutalmente estas tormentas. Según Marisol Osman, climatóloga del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA), la razón por la que las tormentas son cada vez peores es que “el aire caliente tiene la capacidad de almacenar más humedad”. De hecho, los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) estiman que la capacidad de la atmósfera para contener agua aumenta un 7% por cada grado centígrado que sube la temperatura.
Y, para sorpresa de nadie, el planeta se está calentando a un ritmo vertiginoso. Según reportes de la NASA, en la actualidad respiramos un aire con 430 partes por millón de dióxido de carbono y la temperatura global ya aumentó 1,5 °C en comparación con la época preindustrial. Este cambio fue tan veloz que el consenso científico global lo atribuye directamente a la actividad humana. Y, para seguir sumando récords preocupantes, según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus, el 2024 fue el año más cálido desde 1850, y es una tendencia que continúa en aumento.
Pero el embudo de tormentas no es el único efecto de este bloqueo atmosférico: el calor asfixiante y fuera de temporada es una consecuencia directa de éste. Teniendo en cuenta las advertencias del SMN, la dinámica de este fenómeno implica la presencia de un sistema de alta presión que frena el ingreso de frentes fríos. Al limitar la formación de lluvias en ciertos períodos (no en Tucumán, pero sí en otras provincias), provoca que el aire cálido quede “atrapado” sobre gran parte del país, generando temperaturas propias de verano en pleno otoño.
Durante estos días de calor se registraron máximas sostenidas de entre 31° y 33 °C. Y si bien es cierto que estos valores no alcanzan los extremos de 40°C de provincias como Chaco o Formosa, si son días muy intensos debido a la alta humedad y nubosidad provocadas por las tormentas.
Esta combinación se vuelve así un ciclo sin fin en el que la lluvia seguida de un calor intenso recarga las nubes. El calor evapora el agua caída, aumenta la humedad ambiental que asciende, se enfría y se condensa nuevamente. Así se forman nuevas nubes que provocan más lluvias.
A estas alturas, resulta evidente afirmar que el cambio climático existe y afecta nuestra calidad de vida. Sin embargo, aunque día a día podemos vivirlo en carne propia, el presidente Javier Milei elige el camino del negacionismo.
El calentamiento global ¿no existe?
En reiteradas ocasiones, el presidente de la Nación ha sostenido que la crisis climática es parte de una supuesta agenda del socialismo que responde a lo que él llama “marxismo cultural”. Su manifestación más reciente y polémica respecto al tema fue durante su discurso en la apertura de la Bolsa de Comercio de Córdoba. Allí, Milei tildó a quienes promueven la sustentabilidad de “ambientalistas idiotas extremos”, “hordas de vagos” y “parásitos”. Mencionó que seguir políticas de protección ambiental no es económicamente conveniente y expresó que “si ustedes le hicieran caso a los ambientalistas, no podrían tocar nada en la tierra […] se van a morir ustedes y no va a haber ni generación futura”. Incluso se preguntó: “¿Para qué nos dio el creador el planeta? ¿Para contemplarlo?”, dando a entender que la explotación de recursos es la opción correcta.
Su argumento central de todo el discurso se basa en que “se culpa al ser humano del calentamiento global cuando esto ya ha pasado cuatro veces en la historia del planeta Tierra y no vivía el ser humano”.
¿Qué tan cierta es esta declaración? Parcial. Si bien es cierto que la temperatura varió a lo largo de la historia en cuatro grandes picos, nunca lo hizo con tanta violencia y en un período tan corto de tiempo. Según los datos del IPCC, la variación extrema de la temperatura que vemos hoy trazó una línea de aumento que se dispara hacia arriba casi en línea recta desde 1850. Este calentamiento no tiene precedentes históricos y se correlaciona directamente con las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por la era industrial.
Detrás de estos exabruptos que generaron un fuerte rechazo se esconde un mensaje sumamente peligroso: nada importa más que el crecimiento económico, aunque éste destruya nuestra tierra.
De esta forma, el gobierno intenta instalar la falsa dicotomía de que proteger el ambiente es elegir morirse de hambre, cuando en realidad es todo lo contrario. Descalificando argumentos científicos, prepara el terreno y las leyes para entregar nuestros recursos estratégicos a corporaciones extranjeras. Y el ejemplo más claro de este plan destructivo es la modificación de la Ley de Glaciares, para dejarlos a merced de la megaminería.
En paralelo, trabajadores del Servicio Meteorológico Nacional vienen denunciando que tienen restricciones desde el gobierno nacional para mencionar públicamente el cambio climático. Aseguran que el presidente Milei utiliza el negacionismo como argumento para justificar el recorte al sector.
Actualmente, el organismo atraviesa una situación de fuerte tensión tras el avance de más de cien despidos que afectan principalmente a observadores meteorológicos. Desde el sector advierten que la reducción de personal impacta directamente en la cantidad y calidad de la información disponible, lo que debilita tanto los pronósticos como el sistema de alertas.
El conflicto escaló en las últimas semanas con medidas de fuerza y la convocatoria a un paro nacional para el próximo 24 de abril, en un escenario donde también se pone en discusión el funcionamiento de áreas estratégicas como la aviación, el agro y la energía, que dependen de los informes del SMN. En este contexto, la crisis del organismo no solo expone un ajuste estatal, sino también un posible deterioro en la capacidad de anticipar y prevenir fenómenos climáticos cada vez más extremos.
De esta forma el clima nos está enviando un mensaje brutal y urgente. La crisis climática no es un escenario futuro: ya está ocurriendo y exige respuestas inmediatas. Enfrentarla requiere un Estado presente, capaz de planificar, invertir y regular para reducir riesgos y proteger a la población.
En Tucumán, las lluvias y el calor extremo no solo generan pérdidas económicas: deterioran la calidad de vida, profundizan desigualdades y ponen en riesgo vidas. Lo que está en juego son las condiciones básicas para habitar el presente e imaginar un futuro posible.