Entré a la oficina, me convidaron té y me hicieron preguntas para conocer mi historia. Me contaron sobre la titánica tarea de reconstruir legajos y las largas y agotadoras jornadas a las que se enfrentaban acomodando hojas, sellándolas. Reconstruyendo historias. En un momento de la charla, Silvina se levanta y vuelve con un manojo de papeles de tamaño oficio. Me dice que suele haber mucha emoción cada vez que los familiares se encuentran con ellos, en un intento de anticiparme a lo que iba a pasar. Abre la carpeta, da vuelta ese conjunto de hojas y me las pone al frente. “Romero, Samuel Gerónimo”, decía la portada, escrita con pluma y en letra casi gótica. Y ahí me encontré con mi abuelo, ese cúmulo de papeles me lo devolvió a su ámbito laboral. Y sí, me desbordó la emoción, sobre todo cuando vi la foto carnet de mi papá cuando era niño, la de sus hermanos y la de mi abuela Susy.
Después de estar varias horas leyendo, analizando, pensando en las fechas, imaginando trayectos, me fui. Conmovida, salí de la oficina, fui hasta Avenida de Mayo y entré a un bar para almorzar. Me senté sola, envuelta en una emoción que me oprimía la garganta. Le escribí a mi papá para contarle que había visto el legajo reparado. En ese intercambio por WhatsApp, los certificados médicos, papeles fríos y burocráticos, paradójicamente, cobraron vida. Esas hojas hicieron resonar el eco silenciado de la vida de mi papá con su padre y, una vez más, me regaló un recuerdo para mantener viva la memoria.
El legajo daba cuenta de la peligrosidad cotidiana del sector en el que trabajaba mi abuelo. “Mientras cortaba bordes en la caldera 7027 saltó un trozo de rebaba de hierro rompiéndole los vidrios de su antiparra. Cuerpos extraños se le introdujeron en el ojo izquierdo”, consta en uno de los certificados médicos.
Otro registro anotaba: “Herida en el dedo anular de la mano izquierda, segunda falange, mientras trataba de enderezar una barra para centrarla en el torno”.
Y más adelante, casi como una secuencia inevitable del riesgo del oficio, aparecía otro parte médico: “Mientras probaba enroscar un stays en la caldera 1339, se resbaló del andamio donde se encontraba sufriendo fractura en el pie derecho”.
Esos certificados estaban firmados por los doctores Contino o Solito, apellidos de renombre en mi ciudad, Tafí Viejo. Nombres conocidos que compartían un territorio concreto, una historia, y una memoria que durante años permaneció archivada y en silencio.
Estos archivos, instrumentos de carácter burocrático, para mí fueron la fuente de un conocimiento que no era mío hasta que tuve contacto con ellos. Con esto quiero afirmar que un recuerdo sí se construye y en este caso fue gracias al Estado, a los archivos familiares. Además, gracias a las políticas de derechos humanos que el Estado supo instrumentar para reparar las historias de los detenidos desaparecidos. Políticas que hoy están siendo desmanteladas y los discursos de quienes nos gobiernan actualmente no solo son negacionistas, sino vindicadores de un genocidio del que fue víctima toda la sociedad argentina.
En esta fecha, a cincuenta años del secuestro de mi abuelo y en el marco de los cincuenta años del golpe de Estado de 1976, resulta imprescindible reivindicar las políticas de derechos humanos y sostener, con firmeza, la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia frente a una sociedad que se vuelve cada vez más individualista. No quería dejar pasar esta fecha, aunque dudé en hacerlo por miedo a ser autorreferencial en una lucha que es histórica y colectiva. Pero esta también es mi historia, como la de otros familiares de los 30.000 porque lo personal, también, es político.