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Restaurar un recuerdo

por: Andrea Romero

Hace diez días cumplí 37. Es la edad que tenía mi abuelo cuando lo secuestraron. Fue en la madrugada de un día como hoy, en 1976, hace cincuenta años.
A mi abuelo paterno no lo conocí, es más, mis papás ni se habían conocido cuando fue secuestrado. Crecí con la ausencia de su figura, pero su presencia era constante. Durante muchos años me pregunté si era posible construir el recuerdo de alguien que te hubiera gustado conocer.
Mi abuelo era obrero en los Talleres Ferroviarios de Tafí Viejo, se llamaba Samuel Gerónimo Romero y se desempeñaba como tornero mecánico. Era militante peronista y, además, practicaba boxeo con su hermano Raúl Roberto. Los archivos familiares, las fotos, los relatos y objetos personales me acercaron de a poco a lo que fue su figura. Mi papá solía contar muy poco, casi nada, de su padre. Por eso, sentía que había cosas que necesitaba saber y ese archivo familiar valioso me resultaba acotado. Eso me motivó a emprender una búsqueda que me permitiera conocer un poco más.
En 2021 se sancionó la Ley 27.656, que permite inscribir la condición de detenido-desaparecido en los legajos laborales de las y los trabajadores víctimas del terrorismo de Estado que, al momento de su desaparición, figuraban como desvinculadas por otras causas. El objetivo de la norma es la reconstrucción documental de las historias laborales. Esta reparación histórica se realizó mediante la Comisión de Trabajo por la Reconstrucción de Nuestra Identidad, de la Secretaría de Trabajo, que estuvo coordinada por Julián Scabbiolo. Esta medida formó parte de otras políticas generadas desde el Estado Nacional para asegurar el ejercicio colectivo de la Memoria, a través de documentación y el testimonio de las circunstancias en que tuvo lugar la represión del estado.
En julio de 2022 estaba de vacaciones en Buenos Aires. La amiga con la que fui se había ido temprano a la casa de sus amigos en provincia. Yo me quedé en CABA. Era un día donde el sol te abrazaba y el cielo era del celeste más argentino. Era miércoles 13. Después de bañarme busqué el número de teléfono de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y pregunté sobre la oficina que se ocupaba de la reparación de legajos de las y los trabajadores desaparecidos del estado. Me dan un número fijo, llamo. Me dan otro número al que debía mandar mi nombre. A los minutos me llega un whatsapp de ese número:

 

—Av. Corrientes 1302, 2do piso. ¡Te esperamos!
Me esperaban Silvina y Chacho, un riojano sin la típica tonada, pero con un gran legado: llevar el apodo del caudillo más importante de La Rioja.

Entré a la oficina, me convidaron té y me hicieron preguntas para conocer mi historia. Me contaron sobre la titánica tarea de reconstruir legajos y las largas y agotadoras jornadas a las que se enfrentaban acomodando hojas, sellándolas. Reconstruyendo historias. En un momento de la charla, Silvina se levanta y vuelve con un manojo de papeles de tamaño oficio. Me dice que suele haber mucha emoción cada vez que los familiares se encuentran con ellos, en un intento de anticiparme a lo que iba a pasar. Abre la carpeta, da vuelta ese conjunto de hojas y me las pone al frente. “Romero, Samuel Gerónimo”, decía la portada, escrita con pluma y en letra casi gótica. Y ahí me encontré con mi abuelo, ese cúmulo de papeles me lo devolvió a su ámbito laboral. Y sí, me desbordó la emoción, sobre todo cuando vi la foto carnet de mi papá cuando era niño, la de sus hermanos y la de mi abuela Susy. 
Después de estar varias horas leyendo, analizando, pensando en las fechas, imaginando trayectos, me fui. Conmovida, salí de la oficina, fui hasta Avenida de Mayo y entré a un bar para almorzar. Me senté sola, envuelta en una emoción que me oprimía la garganta. Le escribí a mi papá para contarle que había visto el legajo reparado. En ese intercambio por WhatsApp, los certificados médicos, papeles fríos y burocráticos, paradójicamente, cobraron vida. Esas hojas hicieron resonar el eco silenciado de la vida de mi papá con su padre y, una vez más, me regaló un recuerdo para mantener viva la memoria.
El legajo daba cuenta de la peligrosidad cotidiana del sector en el que trabajaba mi abuelo. “Mientras cortaba bordes en la caldera 7027 saltó un trozo de rebaba de hierro rompiéndole los vidrios de su antiparra. Cuerpos extraños se le introdujeron en el ojo izquierdo”, consta en uno de los certificados médicos.
Otro registro anotaba: “Herida en el dedo anular de la mano izquierda, segunda falange, mientras trataba de enderezar una barra para centrarla en el torno”.
Y más adelante, casi como una secuencia inevitable del riesgo del oficio, aparecía otro parte médico: “Mientras probaba enroscar un stays en la caldera 1339, se resbaló del andamio donde se encontraba sufriendo fractura en el pie derecho”.
Esos certificados estaban firmados por los doctores Contino o Solito, apellidos de renombre en mi ciudad, Tafí Viejo. Nombres conocidos que compartían un territorio concreto, una historia, y una memoria que durante años permaneció archivada y en silencio.
Estos archivos, instrumentos de carácter burocrático, para mí fueron la fuente de un conocimiento que no era mío hasta que tuve contacto con ellos. Con esto quiero afirmar que un recuerdo sí se construye y en este caso fue gracias al Estado, a los archivos familiares. Además, gracias a las políticas de derechos humanos que el Estado supo instrumentar para reparar las historias de los detenidos desaparecidos. Políticas que hoy están siendo desmanteladas y los discursos de quienes nos gobiernan actualmente no solo son negacionistas, sino vindicadores de un genocidio del que fue víctima toda la sociedad argentina. 
En esta fecha, a cincuenta años del secuestro de mi abuelo y en el marco de los cincuenta años del golpe de Estado de 1976, resulta imprescindible reivindicar las políticas de derechos humanos y sostener, con firmeza, la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia frente a una sociedad que se vuelve cada vez más individualista. No quería dejar pasar esta fecha, aunque dudé en hacerlo por miedo a ser autorreferencial en una lucha que es histórica y colectiva. Pero esta también es mi historia, como la de otros familiares de los 30.000 porque lo personal, también, es político.

Meta Crisis, periodismo desde la periferia. Tucumán, Argentina