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La peregrinación del Milagro: el camino se hace entre todos

por: Valentina Olivera

Olegario tiene 17 años y peregrina desde los siete, hace diez años consecutivos, sin excepción. Es hijo de un matrimonio que vive en una casa de campo en Payogasta, a 151 kilómetros de Salta Capital. Al igual que años anteriores, su familia hospedó a un grupo de peregrinos de Tucumán, Salta, y Cachi que se reunieron en su pueblo para compartir la travesía de caminar, junto a las imágenes, durante cinco días seguidos por los Valles Calchaquíes hasta llegar a destino. Este año, Olegario emprendió viaje solo: “Pido por mis familiares y por las personas enfermas”.
Cada 15 de septiembre, la ciudad de Salta se llena de peregrinos que llegan desde los pueblos más remotos y hermosos de nuestro país para celebrar la Fiesta de la Virgen y el Señor del Milagro. La festividad, que convoca a turistas de todo el mundo, se consolidó como una de las manifestaciones religiosas más grandes de toda América Latina.
Los peregrinos que vienen del pueblo de Nazareno e Iruya caminan durante más de diez días, atravesando cerca de cincuenta pueblos. Otros llegan desde San Antonio de los Cobres, Cachi, Güemes, caminando 200, 300, y hasta 500 kilómetros. También están quienes realizan el camino en bicicleta y salen desde Cafayate, Catamarca, o Amaicha del Valle. Todos parten desde distintos lugares y recorren diferentes rutas hacia el mismo destino: la Catedral Basílica de Salta.
La historia de la peregrinación tiene sus inicios en los fuertes temblores de septiembre de 1692, que destrozaron al pueblo salteño Esteco, y que también irrumpieron en la Capital causando estragos. Los temblores no pararon durante tres días seguidos, hasta que el 14 de septiembre las imágenes del Señor y la Virgen del Milagro fueron sacadas de la Iglesia Matriz (dónde actualmente está la Catedral). Al día siguiente, el 15 de septiembre, la provincia amaneció en calma. Desde entonces se habla del “milagro”, un pacto de fidelidad que se renueva cada año. Por otro lado, la primer peregrinación hacia la Catedral data de 1985.
El sacrificio de la peregrinación se hace presente de diversas maneras. Quienes no caminan ayudan a los peregrinos abriendo las puertas de sus casas, prestan sus baños, dan una taza de mate cocido, un plato de comida, y el aliento suficiente para que el cansancio de haber caminado más de diez horas seguidas no le gane a la satisfacción de haberlo logrado, junto a la recompensa de poder descansar entre los cerros y las estrellas. Por eso, la peregrinación es una práctica profundamente solidaria.
Tanto en las rutas como en los caminos de tierra, las personas estacionan sus vehículos y ponen sus gazebos para alcanzar a los caminantes botellas de agua, frutas, caramelos, y un “fuerzas que falta poco”. Escuelas rurales que se organizan para ofrecer lugares de descanso, comida y agua caliente para bañarse. Vecinos que se reúnen para cocinar ollas de comida para los peregrinos, y ofrecen pilas de donaciones de ropa para el caminante que lo necesite. 
“La gracia de la peregrinación es compartir” comenta Luis, quién peregrinó por primera vez a sus 15 años, y hoy, a sus 37, lo sigue haciendo. En contra de la lógica del sálvese quién pueda, esta práctica nos recuerda que nadie se salva solo, y que somos, porque somos con otros. La peregrinación del Milagro, la manifestación religiosa más grande de Argentina para quién es devoto al catolicismo, es más que un acto de fe, de gratitud y de devoción. Reivindica nuestro lado más humano. Hablamos de miles de personas que lo dan todo por una promesa, que durante días caminan más de 40 kilómetros cruzando ríos y cerros, poniendo el cuerpo, el tiempo, y el alma, por pura convicción.  
Hay tantas promesas cómo peregrinos, y el sacrificio siempre es grande: pies lastimados, piernas agotadas, cuerpos quemados por el sol, y un cansancio avasallador. Los caminantes atraviesan el frío, el calor, la lluvia, y el viento cantando y dándose fuerzas entre ellos.
 
Finalmente, la multitud llega a la ciudad que los espera con carteles y pasacalles, con gente en la plaza 9 de Julio frente a la Catedral emocionada y agradecida, y con la sensación de que a veces los milagros son simplemente buenas personas con corazones amables.
 

Meta Crisis, periodismo desde la periferia. Tucumán, Argentina