Si bien los trastornos de la conducta alimentaria pueden afectar a cualquier persona, las estadísticas revelan una disparidad contundente: según el Child Mind Institute, nueve de cada diez diagnósticos corresponden a mujeres.
Ser mujer implica crecer bajo una lupa constante. La pubertad no es solo un momento de cambios físicos, sino la etapa donde se intensifica sobre nosotras la mirada ajena y la cosificación. Sobre esa construcción social operan mandatos que insisten en un único ideal de belleza: delgadez, juventud y perfección. La industria cultural alimenta ese canon y lo reproduce en serie. Consumimos esos cuerpos como si fueran la norma, y esa repetición incesante se convierte en exigencia.
En ese marco, las mujeres crecemos condicionadas por el mandato de ser “bellas” y “perfectas” para sentirnos aceptadas, validadas y hasta incluso amadas. La sexualización precoz y el disciplinamiento sobre cómo debemos lucir y comportarnos son factores de riesgo directos para el desarrollo de enfermedades psiquiátricas, principalmente los TCA.
Sin embargo, los varones también sufren trastornos de la conducta alimentaria, y cada vez con más frecuencia. De hecho, entre los más chicos las cifras empiezan a equipararse, y en la adultez los hombres también conviven con ideales estéticos cada vez más rígidos: del cuerpo delgado se pasó al cuerpo musculado y tonificado. Pero su interacción con esos mandatos no es la misma. Al no ser una minoría estructural ni estar históricamente en posición de vulnerabilidad, los varones enfrentan de otra manera las exigencias culturales. Eso no significa que no las padezcan (porque lo hacen), sino que la forma en la que los atraviesa es distinta y por eso su incidencia es más baja. A ellos se les impone un modelo aspiracional, pero no cargan, como las mujeres, con siglos de objetivación y control sobre su cuerpo. Esta brecha entonces no es casual.
Todo esto se refleja en cómo vivimos y consumimos la cultura de la delgadez: en Argentina, la obsesión por alcanzar el cuerpo “ideal” está naturalizada. Esa presión constante no solo moldea nuestros cuerpos, sino también nuestra mente y emociones, convierte nuestra relación con la comida, con nosotros mismos y con nuestro entorno en un terreno de ansiedad y culpa. Los TCA no son una moda: son la manifestación de una cultura que nos exige perfección a costa de nuestra salud.