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¿Los TCA están de moda?

por: Paula Barrionuevo


Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son trastornos mentales costosos, discapacitantes y potencialmente mortales, que afectan de forma considerable la salud física y perturban el funcionamiento psicosocial.  Son producto de una obsesión incontrolable hacia los cuerpos perfectos y delgados. Entonces ¿Por qué lo estamos tratando como una moda? 
En Argentina, donde la prevalencia de los trastornos de la conducta alimentaria es una de las más altas del mundo (somos el segundo país con mayor cantidad de tcas en relación a su población, para ser más exactos), parece que hemos normalizado hablar de dietas extremas, cuerpos imposibles y ayunos como si fueran parte de la cultura cotidiana. Lo preocupante es que esa naturalización hace que los TCA dejen de pensarse como una problemática de salud pública y pasen a circular en redes como si fueran un simple trend, un hashtag más para acumular vistas en redes. Esa estetización del sufrimiento convierte lo que debería ser abordado desde la prevención y la atención sanitaria en un fenómeno aspiracional, en un estilo de vida que borra la gravedad de lo que hay detrás.
En TikTok aparecen una y otra vez términos como midsize, fitness o gymbro, que bajo la apariencia de etiquetas inocentes terminan organizando formas de nombrar y clasificar los cuerpos. Otros, como almond mom y su versión menos difundida almond dad (padres que proyectan en sus hijos su obsesión con la delgadez y la restricción de comida), funcionan como móviles de la cultura del tca y convierten en meme prácticas de restricción y transmisión intergeneracional del miedo a engordar, normalizando la conducta. Incluso prácticas como el uso de Ozempic, o rutinas como el ayuno intermitente y el conteo obsesivo de calorías, se viralizan como consejos de autocuidado, cuando en verdad refuerzan el mandato de la delgadez.
La industria cultural nos vende entretenimiento como si fuera inocuo, pero en realidad reproduce y refuerza estereotipos de belleza y de género que terminan modelando nuestras propias percepciones. Los cuerpos que aparecen en pantallas, desde novelas hasta realities, rara vez se apartan del canon de delgadez, juventud y perfección. El caso de las ficciones de Cris Morena es un ejemplo claro y del que se habla mucho: actores y actrices que se amoldan a una estética rígida para ser parte del universo televisivo. Ese patrón no es excepcional, sino parte de una lógica más amplia en la que la cultura se convierte en un producto empaquetado, donde la validación se mide en kilos. El problema es que ese consumo cotidiano, aparentemente inocente, va sedimentando en nosotros una normalización peligrosa: terminamos absorbiendo, casi sin darnos cuenta, contenidos que arrastran una apología indirecta de los trastornos alimentarios.

Pero entonces ¿Qué es un TCA?

Los trastornos de la conducta alimentaria no son una elección. El Colegio de Nutricionistas de la Ciudad de Buenos Aires los define como “trastornos neurobiopsicológicos” que afectan la relación de las personas con la comida, el cuerpo y la propia identidad.
No se trata simplemente de comer o dejar de comer: son patologías complejas y multifactoriales donde confluyen causas genéticas (como la predisposición familiar a una mala relación con el cuerpo), factores psicológicos vinculados al perfeccionismo y al bullying, dinámicas familiares atravesadas por la cultura de la dieta y, sobre todo, factores sociales que operan como disparadores en una sociedad gobernada por mandatos de delgadez.
Cuando esos cuatro elementos coinciden, se produce lo que especialistas llaman “la tormenta perfecta” que se manifiesta de diferentes maneras según cada caso. Y es por eso, que requieren un abordaje integral que combine atención médica, acompañamiento psicológico y contención familiar. Los TCA no solo comprometen la salud física, también deterioran de manera profunda la vida emocional y social de quienes los padecen. Por ende, deben entenderse como enfermedades que limitan proyectos de vida y dejan huellas duraderas en quienes las padecen.
Según un estudio del mismo organismo, en Argentina entre el 10% y el 15% de la población manifiesta algún trastorno alimentario, una cifra que se incrementó después de la pandemia. De esa totalidad, el 90% son mujeres y el 10% hombres. Así, Argentina queda solo detrás de Japón como el país con más casos de trastornos alimentarios a nivel mundial.

Lo veamos con perspectiva de género

Si bien los trastornos de la conducta alimentaria pueden afectar a cualquier persona, las estadísticas revelan una disparidad contundente: según el Child Mind Institute, nueve de cada diez diagnósticos corresponden a mujeres.
Ser mujer implica crecer bajo una lupa constante. La pubertad no es solo un momento de cambios físicos, sino la etapa donde se intensifica sobre nosotras la mirada ajena y la cosificación. Sobre esa construcción social operan mandatos que insisten en un único ideal de belleza: delgadez, juventud y perfección. La industria cultural alimenta ese canon y lo reproduce en serie. Consumimos esos cuerpos como si fueran la norma, y esa repetición incesante se convierte en exigencia.
En ese marco, las mujeres crecemos condicionadas por el mandato de ser “bellas” y “perfectas” para sentirnos aceptadas, validadas y hasta incluso amadas. La sexualización precoz y el disciplinamiento sobre cómo debemos lucir y comportarnos son factores de riesgo directos para el desarrollo de enfermedades psiquiátricas, principalmente los TCA. 
Sin embargo, los varones también sufren trastornos de la conducta alimentaria, y cada vez con más frecuencia. De hecho, entre los más chicos las cifras empiezan a equipararse, y en la adultez los hombres también conviven con ideales estéticos cada vez más rígidos: del cuerpo delgado se pasó al cuerpo musculado y tonificado. Pero su interacción con esos mandatos no es la misma. Al no ser una minoría estructural ni estar históricamente en posición de vulnerabilidad, los varones enfrentan de otra manera las exigencias culturales. Eso no significa que no las padezcan (porque lo hacen),  sino que la forma en la que los atraviesa es distinta y por eso su  incidencia es más baja. A ellos se les impone un modelo aspiracional, pero no cargan, como las mujeres, con siglos de objetivación y control sobre su cuerpo. Esta brecha entonces no es casual.
Todo esto se refleja en cómo vivimos y consumimos la cultura de la delgadez: en Argentina, la obsesión por alcanzar el cuerpo “ideal” está naturalizada. Esa presión constante no solo moldea nuestros cuerpos, sino también nuestra mente y emociones, convierte nuestra relación con la comida, con nosotros mismos y con nuestro entorno en un terreno de ansiedad y culpa. Los TCA no son una moda: son la manifestación de una cultura que nos exige perfección a costa de nuestra salud.

Meta Crisis, periodismo desde la periferia. Tucumán, Argentina