Caminando por la calle Italia, sobre la vereda del Liceo Militar General Aráoz de Lamadrid, se lee: “Patio Nivel Primario: Matías Nahuel Juárez”. Debajo, una fecha: 25 de octubre de 2016. La placa lleva diez años allí.
Matías tenía 8 años y ya había logrado marcar a muchas de las personas que lo rodeaban. Era conversador y extrovertido. Tal vez eso lo llevó a tener amigos más grandes, de quinto y sexto año. Soñaba con egresar del Liceo, convertirse en cadete y viajar a Córdoba o Buenos Aires para continuar su carrera. O, como él mismo decía, “para servirle a la Patria”.
Creció como hijo único en el barrio El Bosque, cerca de la plazoleta Mitre. Hoy tiene una hermana, Candela, con la misma edad que él tenía en 2016. Ella ahora acompaña a sus padres desde afuera del Poder Judicial: sostiene una bandera con el nombre de su hermano y pide justicia a través de un pequeño megáfono.
Puertas adentro, diez largos y dolorosos años después, se desarrolla el juicio oral. El primero por mala praxis médica en la provincia de Tucumán.
La fiscal Marta Jerez, de 85 años, está sentada del lado derecho de la sala junto a sus compañeros del Ministerio Público Fiscal. Habla tan bajo que la jueza le pide repetidas veces que se acerque al micrófono. No lo hace. En frente, están sentados los abogados defensores y detrás de ellos los imputados.
El Dr. Álvaro Páez ocupa una de las sillas frente a la jueza Wendy Cassar. Está declarando cuando ella le pregunta:
—¿Usted le dió las explicaciones a la mamá y al papá de Matias en ese momento?
—No lo consideré —tartamudea y se remueve incómodo en el asiento—. Por prudencia… por cómo estaba la situación en ese momento. La jueza lo escucha y responde:
—Me voy a permitir agregar que hubiera sido no tan prudente, pero sí más humano, acercarse a la familia y compartir ese instante. Aunque sea un momento lleno de incomodidad y de dolor.
Páez también admitió haberles ofrecido dinero a los padres. Su abogado defensor, Herrera Prieto, justificó la actitud del cirujano y la describió como una forma de “humanización hacia gente humilde”. Durante la entrevista, María, la madre de Matías, respondió con firmeza. Lo llamó “un abogado clasista” y sostuvo que durante esos diez años nadie había podido comprarla ni callarla.
A lo largo del juicio se demostraron numerosas inconsistencias. Una de las principales fue la autopsia, que debió realizarse con rapidez, debido a que los tejidos blandos del cuerpo son los primeros en descomponerse. Sin embargo, el estudio fue solicitado recién entre abril y mayo de 2017.
Además, uno de los testigos convocados, el Dr. Trezeguet, declaró que había formado parte de la junta médica que evaluó internamente el caso. La discusión duró varias horas y terminó en un informe que concluyó que los médicos habían actuado correctamente.
Él se abstuvo de firmarlo porque no estaba de acuerdo con esa conclusión. Durante su declaración, sostuvo:
“El tratamiento al shock que se hace actualmente es no sólo reponer el volumen que se perdió, sino también usar una técnica para detener el sangrado, porque de nada sirve si el sangrado continúa activo. La zona donde él operó no estaba sangrando, eso dice el médico, pero existía un sangrado porque se estaba manifestando y Matías lo vomita. No se había tomado ninguna medida y en los postquirúrgicos sabemos que la conducta debió ser volver a ingresar al paciente al quirófano para ver el origen del sangrado y detenerlo”.
El inicio de la lucha
Diez años antes, Matías había ingresado caminando al Sanatorio Infantil San Lucas.
Era el 20 de octubre de 2016 y tenía una cirugía de amígdalas programada. Según había explicado su médico, el doctor Páez, se trataba de un procedimiento de baja complejidad que duraría alrededor de treinta minutos. La cirugía era necesaria porque Matias venía de un tratamiento fallido con penicilina oral inyectable para combatir el streptococcus, una bacteria que tenía alojada en la garganta. Si no la eliminaban se corría el riesgo de que la bacteria se aloje en el riñón o en el corazón.
Cerca del mediodía, los enfermeros entraron a la habitación para llevarlo al quirófano. María los siguió por detrás.
“Y yo tenía una sensación en el pecho que debía ir ese día con él. Lo agarré de la mano y lo acompañé. Estaba el Dr. Páez en la puerta del quirófano y me dice: «Quédate tranquila, mamá. Esto es rápido»”.
Matías estaba recostado en la camilla, llevaba puesta la bata y un gorro quirúrgico. Antes de entrar, se rió y le dijo:
—Mamá, te amo.
Fueron sus últimas palabras.
Desde la sala de espera, los minutos parecían horas. María y Manuel, el padre de Matias, caminaban de un lado a otro con nerviosismo. Recién una hora después, escucharon una voz que, entre sollozos, repetía “Mamá, no puedo abrir los ojos. Mamá ayudame”. Su cuerpo estaba helado, pálido, y sus labios habían adquirido un color morado.
“Veo como una de las enfermeras le hace una seña a otra compañera, señalandose los labios. Luego llega el Dr. Páez junto a la terapista , y me explican que Matias estaba cruzando un cuadro de broncoespasmo. Ella me dijo que el motivo de la demora en quirófano fue debido a una hemorragia que Páez no lograba suturar”.
Llamaron entonces a Federica Castro, terapista del Sanatorio. Castro explicó que iban a llevar a Matías a terapia intensiva para tenerlo bajo mayor cuidado. A las siete de la tarde llegaron los resultados de los análisis, confirmando que Matias tenía un 40 % menos de sangre en su cuerpo. Dos horas más tarde le realizaron la primera transfusión.
María narra que, en ese momento, una médica cuestionó los resultados y le preguntó cómo había llegado Matías de esa manera. Ella respondió que había llevado los estudios prequirúrgicos y que su hijo había ingresado en buenas condiciones. Cerca de las diez de la noche, Matías tuvo un primer sangrado. En la historia clínica figuraba como sangre con coágulos y que había sido considerada producto de la intervención. A las once volvió a sangrar.
A las tres y media de la madrugada del 21 de octubre, Matías comenzó a quejarse de un fuerte dolor de cabeza. María pidió que llamaran a la médica. Le respondieron que estaba descansando y que le colocarían un analgésico porque el dolor podría estar relacionado con la anestesia.
No habían pasado cinco minutos cuando el niño comenzó a expulsar sangre por la boca. A María y Manuel los sacaron de la terapia. Tiempo después, les explicaron que existía un sangrado interno, pero que no sabían de donde provenía y debían inducirlo en coma.
Matías presentaba una anisocoria en el ojo derecho, es decir, una diferencia en el tamaño de las pupilas y uno de los síntomas de un ACV. La tomografía, sin embargo, no se realizó inmediatamente. Tuvieron que esperar hasta las nueve de la mañana porque no había un técnico disponible y la máquina no estaba encendida.
La familia insistió y finalmente, realizaron el estudio. Después llevaron nuevamente a Matías a la terapia. Allí estaban Álvaro Páez, Federica Castro y el neurólogo Auad.
Fue el último quien habló con los padres. Les dijo que Matias estaba grave, tenía una lesión isquémica. La mitad de su cerebro estaba infartado. Después Auad les explicó que había dos posibilidades: colocar un catéter para medir la presión intracraneal o descomprimir el cerebro. Pero la decisión tenía riesgos.
María respondió que ella no era médica.
—Usted va a elegir lo que le va a salvar la vida a mi hijo. Decida lo que corresponde.
Matías permaneció internado durante cinco días. Durante ese tiempo, María casi no se movió del sanatorio. Tenía miedo de irse. Temía que ocurriera algo mientras ella no estaba. Estaba agotada, su madre le pidió que fuera a bañarse. Le dijo que ella se quedaría junto a Matías y Manuel. Ella aceptó.
No había pasado mucho tiempo cuando sonó el teléfono.
Tenían que volver al sanatorio. Matías había sufrido una complicación cardíaca y comenzaron a reanimarlo.
Cuando ella llegó, a las 6:30 de la mañana, Matías murió.
Después, María recuerda poco. Comenta que ninguno de los médicos salió a hablar con ellos. Ni dar, aunque sea, el pésame.
Antecedente en Tucumán
Existe un único antecedente, en la provincia de Tucumán, por fallecimiento tras una operación de amígdalas: un niño de 10 años llamado Güido Robles. Por ese hecho, la fiscala de Instrucción de la VIII° Nominación, Adriana Giannoni, imputó por el delito de homicidio culposo por mala praxis a tres personas: la médica cirujana Mónica Marcela Barán, el anestesista Enrique Gómez y la enfermera Juana Patricia Soria.
En julio de 2014, el juez Correccional Marcelo Mendilaharzu frenó el juicio y dio lugar a una Probation para los tres profesionales, que consiste en la donación de insumos por el valor de $ 5.000 a la comisión de padres de personas con discapacidad de Tafí del Valle y la realización de un curso o congreso sobre ética y derechos humanos, entre otras exigencias. La medida fue dispuesta por tres años. Luego, quedarían sobreseídos.
Sentencia
Diez años después, cuando María intenta reconstruir aquellas horas, hay una pregunta que todavía aparece por encima de todas las demás: qué ocurrió dentro de aquel quirófano para que su hijo, que ingresó caminando al Sanatorio, no volviera a salir de allí con vida.
En el veredicto, Federica María Carolina Castro y Florencia Jerez y Álvaro Enrique Paéz fueron absueltos del delito de homicidio culposo por el beneficio de la duda. María declaró en los medios que el Ministerio Público Fiscal la dejó sola, la fiscal Marta Jerez es madre de la fiscal Mariana Rivadeneira, quién mantuvo archivada la causa, sin investigar, en el 2019 y un año después pidió la absolución de los tres imputados sin llamarlos a declarar.
“Evidentemente matar en Tucumán es gratis. Yo voy a seguir levantando la voz por Mati. Porque él no está, pero yo voy a seguir levantando la voz por él. Ellos se metieron con la madre equivocada. Porque pretendieron hacerme callar con dinero y no pudieron” sentenció.