El sábado nos golpeó fuerte la noticia del hallazgo del cuerpo de Agostina Vega, la adolescente de 14 años asesinada en Córdoba. Su femicidio engrosa la larga y triste lista de mujeres asesinadas por la violencia machista en nuestro país, donde ocurre un femicidio cada 31 horas.
Cada vez que nos enteramos de un nuevo caso a través de las redes sociales, la sensación es la misma: hartazgo, impotencia, la certeza de que esto no puede seguir así. Volcamos nuestra bronca en un tuit, en una historia, en un cartel de “justicia por Agostina” compartido en Instagram. Las ganas de pasarnos mil pueblos se disuelven en likes, retuits y emojis. Hay una potencia enorme en querer hacer algo, pero esa energía no encuentra cauce.
Creo que tenemos dos problemas simultáneos. Por un lado, el aumento de la violencia letal hacia las mujeres. Por el otro, la ausencia de una reacción social fuerte y sostenida que permita esbozar un horizonte de cambio.
La crisis social y económica que atravesamos es una de las causantes del aumento de la violencia de género: en contextos adversos, los sectores más vulnerables son los que más la sufren, y entre ellos, las mujeres y las infancias. Y esa misma crisis es la que dificulta movilizarnos. Es muy difícil salir a marchar cuando no tenés trabajo o laburás doce horas por día, cuando estás contando las monedas para cargar la tarjeta del colectivo o cuando llegás a fin de mes endeudada.
Pero las limitaciones no son solo materiales. El mandato —antes neoliberal, hoy anarcocapitalista— de que cada individuo se salva solo nos impacta incluso a quienes tenemos conciencia social. La crisis nos da una coartada para dejar de organizarnos, como si pudiéramos poner en pausa la solidaridad hasta que la cosa mejore. Y lamento decirlo: si no reactivamos esa solidaridad, la cosa no va a mejorar.
La escritora y antropóloga Rita Segato explica en su libro La guerra contra las mujeres: “la crueldad habitual es directamente proporcional al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensibilización”. Ahí está otra de las claves: la necesidad de volver a sensibilizarnos. Y sensibilizarse no es tuitear indignación. Es que un problema nos atraviese de verdad, es dejar de naturalizar la violencia para intentar hacer algo para que algo cambie.
¿Cómo recuperamos la sensibilidad y reactivamos nuestra solidaridad? Segato hace un llamado a desafiar las estructuras patriarcales retejiendo comunidad y recuperando lo que ella llama las “tecnologías de sociabilidad”. Los lazos comunitarios están rotos, y eso provoca dos cosas al mismo tiempo: que la violencia se acreciente, y que la reacción ante ella sea marginal. El consenso de que la violencia machista está mal existe —lo vemos en las redes, en los medios, y en las calles—, pero no hay acuerdo sobre qué hacer para frenarla. Y no lo hay porque no tenemos una comunidad fuerte que marque un camino. Estamos sin brújula.
“Una comunidad necesita de historia y de densidad simbólica, un cosmos propio que sustente su cohesión y señale la dirección de su proyecto histórico”, escribe Segato. En el año 2020 conquistamos el aborto legal con una marea verde masiva que venció al lobby antiderechos. ¿Por qué esa potencia luego se diluyó? Me atrevo a decir que el movimiento feminista todavía no se consolidó como una comunidad que trascienda la coyuntura. La movilización fue enorme mientras el objetivo era urgente y concreto; una vez que el misoprostol llegó a los hospitales públicos, la masividad cayó. También lo que ocurrió es que pusimos todas las fichas en el Estado, con un Ministerio de las Mujeres que dejó más expectativas que cambios reales. Delegamos la transformación al Estado y la organización colectiva se debilitó.
El 3 de junio: una oportunidad para construir comunidad
Este miércoles 3 de junio saldremos a marchar, como hace ya once años, junto al movimiento Ni Una Menos. En Tucumán, la organización realizará una concentración con radio abierta, intervenciones artísticas y mateada en Plaza Independencia.
Las mujeres que sostienen Ni una Menos en Tucumán no militan porque tienen el futuro asegurado; no lo hacen en el poco rato libre que les queda: ellas organizan su vida diaria para militar. La mayoría son trabajadoras de los sectores populares, atravesadas en su cotidianidad tanto por la crisis como por la violencia. Y aun así eligen ser protagonistas: saliendo a la calle con lluvia, con frío o con cuarenta grados. También acompañando a víctimas, reuniéndose con autoridades locales para exigir políticas públicas, organizando encuentros y festivales. Hacen muchísimas cosas, es imposible enumerar todas. Para ellas no existe la excusa de “no puedo porque estoy en crisis”. Son la corporalidad de la consigna: la salida es colectiva.
Cada movilización que organiza Ni Una Menos no es solo un espacio de reclamo y exigencia de justicia. Es también un espacio de encuentro, de abrazo, de revitalización del tejido común. En tiempos de individualismo extremo, organizarse por un fin colectivo es una forma concreta de hackear las lógicas patriarcales, crueles e individualizantes que nos gobiernan.
Dejar el celular un rato y organizar el día para salir a marchar es el primer paso de muchos que son fundamentales para dejar de ver pasar la realidad y comenzar a ser protagonistas del cambio necesario para poner límites a la violencia machista.
Los tiempos son durísimos, y precisamente por eso necesitamos hacer algo más. Encontrar un horizonte común, volvernos comunidad, no puede hacerse sin poner el cuerpo. Dotar de sentido real a la salida es colectiva, que deje de ser una frase vacía y se convierta en una práctica. Para que la bronca que sentimos ante cada femicidio evitable no sea un callejón sin salida, sino la energía necesaria para que el motor de cambio se active.
Créditos imagen de portada: Matilde Terán