Ismael Suleiman tenía ocho años en 1976 y ya era plenamente consciente del peligro que corría por culpa de otros. A esa edad acompañaba a su madre, una militante política que, consciente de lo que hacían los militares, le explicó cómo debía actuar si ocurría algo malo: un secuestro, una apropiación o un intento de sustracción de identidad. Quería que, pese a su corta edad, supiera adónde escapar para encontrar a su familia y proteger lo más valioso que los militares querían arrebatarle: su identidad.
Más de cuatro décadas después, a los 58 años, Ismael ingresó a la sala acompañado por su psicóloga. Se sentó con cuidado en la silla de madera frente al tribunal y narró esta historia durante el juicio contra Carlos Alberto Vega, militar retirado y exjefe de Actividades Especiales de Inteligencia y Contrainteligencia de Tucumán, acusado por la sustracción de él y de su medio hermano, Marcos Ramos.
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La sala del Tribunal Oral Federal volvió a llenarse, en un nuevo juicio de lesa humanidad. Familiares, periodistas, amigos, fotos de compañeros desaparecidos. En pocos minutos se dará inicio al segundo juicio por apropiación de menores en el Noroeste Argentino (NOA). Familiares, periodistas, amigos, fotos de compañeros desaparecidos.
El ambiente era diferente a la última vez, tal vez porque en esa situación uno de los principales imputados y apropiador murió impune en 1990, y el único que aún vive era el exmilitar Carlos Alberto Vega. Estaba sentado, nos dividía una pantalla, y desde la ubicación de la prensa, parecía esconderse detrás de su abogado particular, Hernán Corigliano. Estaba por enfrentar un juicio por el delito de sustracción de menores de 10 años de edad al momento de los hechos.
Pero los protagonistas de ese momento fueron otros, dos niños, uno de 8 años y otro con unos pocos meses de vida, que 50 años después se sentaron frente al estrado con el tiempo marcado en la piel.
Ismael Suleiman, ingresó a la sala acompañado de su psicóloga y se sentó con cuidado en la silla de madera frente a la jueza.
—Mi madre entregaba folletos en la calle, y me llevaba. A veces me ponía en un lugar fijo con un cajoncito para lustrar botas y tenía algunos folletos o cartas que debía entregar a las personas que me indicaban. Nos trasladábamos mucho de casa porque nos perseguían. A ella la llevaron dos veces antes de no regresar más.
—Ismael, usted acababa de manifestar que su madre antes de ser desaparecida fue secuestrada dos veces ¿Usted recuerda haberla visto? ¿En qué condiciones volvía de esos secuestros? —pregunta el fiscal de la querella, Pablo Camuña.
—Bueno, en realidad ella no se dejaba ver mucho conmigo…—hubo un silencio —porque ella tenía atada la cabeza con un pañuelo… y, a mí a veces me escondían para que no la viera —Ismael desvió la mirada de la querella para mirar al piso, la voz se le quebró y parpadeó rápidamente.
En febrero de 1975 un plan se desató de manera clandestina, el llamado Operativo Independencia. El destacamento 142 manejaba los núcleos más fuertes de centros clandestinos de detención y tortura de Tucumán. Durante ese año funcionaron en la Escuelita de Famaillá, luego el Reformatorio, y finalmente en el centro clandestino Miguel de Azcuénaga.
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Hace trece años, en 2013, llegó una denuncia anónima que ponía en duda el origen biológico de Marcelo Ariel Sánchez. A finales de noviembre de ese mismo año inició la investigación preliminar por parte de la Unidad Especializada para Casos de Apropiación de Niños durante el Terrorismo de Estado (UFICANTE). En julio de 2014 se formalizó la denuncia y se solicitó el pedido de muestra genética. En 2015 el jurado resolvió favorablemente la muestra, para empezar con el cotejo genético con los perfiles del Banco Nacional de Datos Genéticos. Con una orden subsidiaria de allanamiento fue donde pudieron ingresar al domicilio. Ese día llegaron peritos, personal del Ministerio Público Fiscal y cuerpo de Gendarmería Nacional. Marcelo dio una muestra voluntaria.
El 2 de agosto de 2018, se confirmó que Marcelo Ariel Sánchez era el nombre que suplantaba la verdadera identidad de Marcos. Tenía coincidencia con su medio hermano Ismael Suleiman y había un gran porcentaje de probabilidad de coincidencia genética con su madre: Rosario del Carmen Ramos, quien continúa desaparecida.
Pero, ¿Cómo inicia esta historia? Rosario del Carmen fue secuestrada tres veces, la primera en 1975 mientras salía con Dante Campos, ambos militantes del PRT-ERP, y estaba embarazada de Marcos. Por evidencia objetiva de la causa Megacausa Arsenales-Jefatura II, se descubrió que fue llevada al Centro Clandestino Arsenales Miguel de Azcuénaga, pruebas testimoniales relataron cómo sufrió ese primer secuestro, cara quemada, cuerpo quemado y heridas en su cabeza producidas por picana eléctrica.
Marcos Eduardo Ramos, nació el 9 de junio de 1976 en la Maternidad. Rosario fue nuevamente secuestrada, quedando Ismael a cargo de sus tíos y el bebé fue entregado por la propia policía a la Sala Cuna, donde estuvo hasta que su madre pudo recuperarlo. Debido a la persecución política y genocida debían cambiar de domicilio constantemente, pasando por los barrios Aguas Chiquitas, San José, 11 de Marzo, y por último San Cayetano, todos en San Miguel de Tucumán. Rosario trabajaba de empleada doméstica y dejaba a los niños a cargo de la familia Castro, vecinos y amigos. Entonces, sufrió su tercer y último secuestro, del cual no regresó más.
Entre finales de noviembre y principio de diciembre de ese mismo año, ocurrió un operativo policial. Llegó un grupo de cuatro militares en un auto Ford Falcon verde a la casa de la familia Castro. Ingresaron por la fuerza y secuestraron a los dos niños. Ismael recuerda llevar a Marcos, de pocos meses, en sus brazos.
Primero fueron llevados a una casa de la diagonal de Tafí Viejo, el último lugar donde Ismael y Marcos estuvieron juntos. Marcos fue entregado a una familia de apropiadores conformada por sus padres y 6 hermanos, en el barrio Villa Urquiza. Fue inscripto falsamente en 1977 como hijo de Víctor Lucio Sánchez —más conocido como “Pecho i Tabla”, acusado de haber secuestrado, torturado y abusado sexualmente de mujeres durante la dictadura militar en la localidad tucumana de La Florida, testimonios que constaron en la sentencia de la Megacausa Arsenales-Jefatura II— y de su esposa Hilda Sánchez.
Durante la presentación de los hechos, la fiscal explica que, debido a la violencia sufrida en el hogar de sus apropiadores y al trauma que inició desde el primer secuestro de su madre mientras estaba embarazada, Marcos presenta actualmente un “cuadro de un retraso madurativo”. La fiscal precisa que, aunque se califica como “leve”, esta condición le impide relacionarse de la manera en que lo habría hecho de no haber sufrido estos crímenes.
Ismael salió de la casa de Tafí Viejo y fue trasladado a una casa de acogida ubicada en la calle San Juan al 1656, vinculada a familiares militares de Ángelica Cano, quien la manejaba. Allí perdió su escolarización y fue víctima de mucha violencia; incluso intentaron cambiarle el nombre por Juan. Logró escapar de esa casa siendo un niño, donde lo único que sabía era que debía llegar a la terminal de ómnibus para encontrar a su tío paterno y poder volver con su familia, lo cual finalmente consiguió tras un litigio judicial de su padre.
—Subí la reja de la parte de delante de la casa y me escapé, como tenía conocimiento no de las calles sino de la de los lugares donde yo había andado con mi madre llegó hasta la Avenida Mate de Luna y pasó hasta el bajo, que antes era la terminal de colectivo.
Caminó veinte cuadras, y una vez que llegó a la terminal, buscó a su tío que trabajaba allí para pedir ayuda:
—Logro alcanzar a llegar hasta la boletería… y doy aviso a un tío mío que trabajaba justamente ahí, entonces yo les digo a ellos que por favor le digan que yo estaba en tal lugar y que me busque… que me busque mi padre.
Tras este aviso, fue alcanzado por sus captores: “Ya me sabía andar buscando ellos… la paliza que tuve ahí cuando me atraparon, me llevaron nuevamente a esa casa y volví a sufrir las consecuencias del maltrato diario que tenía”.
Ismael menciona que no fue el único intento: “Yo tuve un segundo escape, ya de desde esa casa, pero logré llegar hasta cerca de la maternidad y me volvieron a agarrar. Sufrí peores las consecuencias y ya no me quedaban ganas de volver a escaparme”
—Gracias por creerme —concluyó Ismael frente a los jueces, con una mezcla de alivio y cansancio.
Durante años, la historia de Ismael fue cuestionada por quienes intentaban convencerlo de que su historia era una “fábula”, una invención de un niño que se negaba a olvidar. Sin embargo, aquel día en la sala, la “fábula” se transformó en evidencia judicial. Ismael cumplió finalmente la promesa que le hizo a su madre antes de que se la llevaran: que Marcos siempre estaría con él. Aunque hoy no sepa dónde dejar una flor o prender una vela para Rosario, sabe que su hermano ya está de regreso, y que el silencio impuesto por décadas finalmente se ha roto.
Este año se confirmó que Marcos Eduardo Ramos, con 45 años, es además hijo de Pastor Dante Campos, también desaparecido. Ya no es un “nieto desaparecido”; es el nieto 128. Su identidad, sustituida por el nombre de Marcelo Ariel Sánchez y forjada bajo la sombra de un apropiador impune, ha sido finalmente restituida tras años de cotejos genéticos y búsquedas incansables. El juicio contra Carlos Alberto Vega no solo busca una condena de 17 años para el último eslabón vivo de esa cadena de inteligencia; busca dar respuesta a un proceso que comenzó en el vientre de una madre torturada y terminó en un abrazo fraternal esperado por décadas. Mientras Marcos inicia su camino de reparación, la sala del Tribunal se llena de aplausos y cánticos, recordando que todavía faltan 24 nietos más por encontrar en la provincia.