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Tener hijos en tiempos de incertidumbre ¿Qué pasa con la natalidad?

por: Paula Barrionuevo

Cada cierto tiempo, la baja de la natalidad vuelve a instalarse en la agenda. Lo hace, casi siempre, con títulos marketineros que apelan al impacto inmediato: “¿Tenemos menos hijos por miedo al compromiso?”, “Estiman que para 2030 las aulas estarán vacías”, “Crisis en natalidad: la civilización envejece”, “Argentina se vacía”. Y entonces encaramos la lectura con una mezcla de curiosidad y angustia, imaginando un futuro apocalíptico sin niños y una sociedad radicalmente distinta a la que conocemos hoy.

Pero, más allá de esos titulares, ¿sabemos realmente qué está pasando con la natalidad?

Para empezar, Argentina no es el único país que la sufre. La baja de la natalidad es un fenómeno global, que empeora año tras año. Según las series estadísticas del Banco Mundial, la tasa de fertilidad muestra un descenso sostenido en las últimas décadas particularmente desde 2016. Sin embargo América Latina registra caídas desde hace más de medio siglo como señala María de las Nieves Puglia, directora de Género de Fundar. En este marco un estudio del Observatorio del Desarrollo Humano de la Universidad Austral indica que la tasa de natalidad en Argentina cayó alrededor de un 40% desde 2014 y no ha mejorado desde entonces (de hecho sigue bajando y de manera muy acelerada) siendo Argentina uno de los países con las disminuciones más bruscas en el sur del continente.


Al mismo tiempo, este estudio basado en datos del INDEC muestra que el fenómeno está cambiando la morfología de los hogares y la dinámica familiar ya que según en el último censo (2022) se ha registrado que más de la mitad de las viviendas (el 57% para ser exactos) no cuentan con menores de 18 años. A raíz de ello podemos notar también el cambio en las estructuras familiares con un incremento en los hogares unipersonales del 25% en relación al total, mientras que los hogares monoparentales representan un 15%, de los cuales 8 de cada 10 están liderados por mujeres (un aumento exponencial considerando que en 2010 los hogares monomaternales representaban solo el 50% de su total). 

¿La ley IVE tiene algo que ver?

No, ningún dato oficial respalda que la ley 27.610 de interrupción voluntaria del embarazo explique esta caída o la haya profundizado. El descenso comienza mucho antes de su sanción, pese a los dichos del presidente Javier el año pasado en donde vinculó la baja demográfica con la ampliación de los derechos reproductivos. 
Al contrario según CIPPEC (Centro de implementación de Políticas para la Equidad y el Crecimiento), en Argentina la tasa de fecundidad adolescente y de embarazos no deseados vienen en descenso y de hecho se redujo más que la fecundidad general, o sea que tampoco explica la baja, pero sí implica mayores posibilidades de que las jóvenes puedan terminar sus estudios y/o aspirar a una mejor inserción en el  mercado laboral.


Puglia sostiene que esto es gracias a la implementación del Plan Nacional de Prevención del Embarazo no Intencional en la Adolescencia (plan ENIA, hoy desmantelado por la motosierra) que durante su funcionamiento de 2018 a 2023 logró reducir los embarazos no deseados en adolescentes un 50% y un gran descenso en embarazos de mujeres con baja escolaridad. “Entonces, deberíamos estar contentos, este es mi mensaje, debería ser una buena noticia” afirmó. 
Silvina Ramos investigadora del CEDES (Centro de Estudios de Estado y Sociedad) y parte del proyecto Mirar señaló que el ENIA “fue un movilizador de oportunidades para que las adolescentes pudieran tomar decisiones libres e informadas sobre reproducción.” Además explicó que esta medida reforzó otras como la implementación de la ESI en las escuelas y el acceso gratuito a los métodos anticonceptivos en los servicios de salud (recursos que hoy también tambalean ante el ajuste), abriendo oportunidades y mayor control sobre los cuerpos y las paternidades planificadas y responsables.

¿Y entonces por qué pasa esto?

En principio la doctora en Ciencias Jurídicas y Decana del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral Lorena Bolzon (co-autora del estudio citado al principio) analizó que como ocurre con los grandes cambios sociales, este fenómeno es multifactorial. Entre los factores mencionó las condiciones económicas del país, la incertidumbre respecto al futuro, la migración de muchos jóvenes al exterior, y la postergación de la maternidad en favor de la formación académica y el desarrollo profesional.
Además, Puglia coincidió en que “El descenso de la natalidad se vincula con varios factores, no existe un solo factor que explique por completo este fenómeno: el ingreso masivo de las mujeres al mercado de trabajo hacia fines del siglo XX, el aumento de los niveles de educación (las mujeres son mayoría en la educación superior universitaria), el aumento de la esperanza de vida y la salud sexual y reproductiva que organiza todas las acciones necesarias para que las personas puedan tomar decisiones sobre sí reproducirse y cómo y cuándo son algunos de ellos”
Entonces, la baja en la natalidad no se explica por rechazo a la maternidad, como a veces sugieren discursos alarmistas, sino por algo mucho más concreto: la falta de condiciones para sostenerla. En medio de dichos conservadores que reducen el fenómeno a cuestiones morales y eticas, políticas públicas que se desfinancian y el contexto económico que no acompaña, lo que se retrae no es necesariamente el deseo de tener hijos sino las posibilidades reales de tenerlos en condiciones dignas.
En esta misma línea Mario Sebastiani, obstetra y autor de la charla TED “¿Por qué tenemos hijos?” sostiene que “Tener un hijo no es un proyecto sólo biológico, es un proyecto de responsabilidad y para ello hacen falta necesidades básicas satisfechas: techo, agua corriente, salud, educación; esparcimiento y tiempo que dedicarles”. De esta forma la postergación no responde a egoísmo, sino a precariedad.

¿Cómo nos afecta esta baja?

Tal vez hoy no lo sentimos de manera directa, ya que no vacía las calles de un día para el otro ni paraliza la economía, pero es un proceso a largo plazo que poco a poco re-configurara la estructura social, productiva y previsional del país. Algunas proyecciones de un informe de Argentinos por la Educación indican que la reducción de la población infantil (de 0 a 13 años) será de aproximadamente el 26% para 2030. Este achicamiento impactará en el mercado laboral, en el consumo y en sectores enteros cuya “clientela” son niñas, niños y adolescentes. 
Uno de los ámbitos en donde el efecto ya se empieza a notar es en la educación. En Tucuman, las salas de 5 años pasaron de casi 30 mil alumnos en 2020 a poco más 25 mil en 2024, lo que ha llevado al cierre de turnos e instituciones. De esta forma este escenario abre dos caminos posibles. Por un lado, menos alumnos podría significar aulas menos saturadas, más recursos, inversión por estudiantes y mejores condiciones pedagógicas. Por otro lado, en el contexto de ajuste en el que vivimos, la baja en la matrícula podría traducirse en un argumento para cerrar aulas, fusionar niveles y reducir presupuestos.
 

La baja de natalidad entonces es un problema estructural, ninguna paternidad puede darse de manera responsable si el contexto no acompaña porque de este modo proyectar una crianza se vuelve algo casi imposible. 
En enero de 2026 el INDEC nos señala que la canasta de crianza va de $476.230 a $607.848, según la edad del niño o niña. En el mismo período, la canasta básica total para una familia tipo superó los $1.360.000. Mientras tanto, el Salario Mínimo Vital y Móvil ronda los $346.800. Sueldo que no alcanza ni para criar a un solo hijo.
En un contexto de salarios deteriorados y reformas laborales que reducen protecciones básicas (como ante una enfermedad por ejemplo), proyectar una maternidad o paternidad se vuelve complejo. 
En ese escenario, la baja de la natalidad responde a una realidad económica donde animarse a tener hijos exige una seguridad que hoy, para muchos, simplemente no existe.

Meta Crisis, periodismo desde la periferia. Tucumán, Argentina