María de la Paz González Figueroa
Los colchones se consumían por el fuego. Un humo espeso, caliente y venenoso le quemaba los pulmones mucho antes de que las llamas le tocaran el cuerpo. Los gritos, las súplicas y el llanto de un niño hicieron eco. Lourdes, con el instinto por sobre el miedo, cruzó las llamas para ayudarlo.
Fue entonces cuando el cordón de tela que sostenía un viejo televisor se cortó. El artefacto en llamas cayó sobre ella, marcando no solo su piel sino su memoria: —Sentía que me quemó todo. Lo sentí por dentro—.
Lourdes bajó con sus últimas fuerzas por las precarias escaleras —en busca de aquel matafuegos que vió tantas veces colgado en la pared— pero cuando intentó activarlo nada pasó. Ese cilindro rojo, la única promesa de seguridad en medio de la precariedad, resultó ser una estafa más de los dueños del taller: sus vidas no valían ni el costo de una recarga.
—Salimos y vi que todos gritaban. En ese momento no sabíamos quienes estaban dentro, ahí, atrapados. Empezó a explotar la ventana. Fue muy duro, muy fuerte—.
El 30 de marzo de 2006, el incendio en el taller clandestino de la calle Luis Viale 1269 expuso la explotación laboral en plena zona residencial de Caballito, Buenos Aires. Allí, alrededor de 65 personas —entre adultos y niños de nacionalidad boliviana— vivían y trabajaban en condiciones infrahumanas. Seis de ellos perdieron la vida: Juana Vilca, de 25 años, quien estaba embarazada; y cinco menores de edad: Wilfredo Quispe (15), Elías Carbajal (10), los pequeños Rodrigo Carbajal y Luis Quispe (ambos de 4) y Harry Rodríguez de tan solo 3 años.
ME VOY, ME VOY DE ACÁ
En el año 2025 conocí a Lourdes Hidalgo en un aula de la UBA, durante un Congreso de Derechos Humanos. Escuché en silencio, junto a todos en la sala, su denuncia: —Nuestro único delito fue migrar en búsqueda de un trabajo digno, pero muchos encontraron la muerte—.
Actualmente continúa viviendo en Buenos Aires, y a pesar de las secuelas físicas tras el incendio, reúne fuerzas para visibilizar lo que pasó. Finalmente este año pudimos concretar una entrevista virtual.
Nació en La Paz, Bolivia. Creció junto a sus nueve hermanos y sus padres. En casa no sobraba el dinero pero nunca les faltó amor. Narra que las enseñanzas de sus padres las lleva en su corazón, sobre todo las de su madre a quien describe como una mujer valiente y solidaria, quien luchó en su pueblo por la construcción de una escuela y le enseñó sobre sus derechos.
Con 39 años, decide emigrar por primera vez con la esperanza de una vida mejor. Pero cuando cruzó la frontera, las cosas fueron diferentes. Como migrante lo más doloroso fue dejar a la familia, y pagar derecho de piso.
—No es que uno viene y hace la plata rápido. Lo que me sorprendió más fue el horario de trabajo de muchas horas, porque yo allá trabajaba 8 horas diarias. Mi objetivo era juntar un poco de plata y regresar. Pero muchas veces no sabemos qué es lo que nos espera. Yo nunca me imaginé que iba a pasar esto del incendio —.
A mediados de diciembre de 2005, el cambio de temporada dejó a Lourdes sin trabajo. La necesidad la empujó al taller textil clandestino de Luis Viale, aún debía pagar la pequeña pieza que alquilaba en Donato Álvarez y Gaona. La primera vez que conoció el lugar pensó que era una fábrica porque había mucha gente y estaba repleto de máquinas de coser. Se trabajaba en malas condiciones. La luz era ínfima y el lugar ni siquiera tenía ventilación, por lo que el polvillo que soltaba la tela de jean, al ser cosida, era inhalado por los trabajadores constantemente. Las únicas ventanas existentes tenían rejas, las mismas que impidieron el escape durante el incendio.
—Yo dije dentro de mí, “Me voy, me voy de acá”—.
Durante más de un mes trabajó sin descanso, desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche. Al salir debía atravesar el regreso: siete cuadras de caminata solitaria por las calles oscuras de Buenos Aires, acompañada sólo por el miedo. Cuando por fin llegó el momento de recibir su pago, se lo negaron expresando que ellos “pagaban cada tres meses”.
No tenía dinero, tuvo que dejar aquella pieza, y aceptar la oferta de vivir en el entrepiso del taller. Lourdes expresa que todo era precario, las “piezas” estaban divididas por nylon y madera. A pesar de sus protestas el capataz, Luis Condori, le alcanzó un rollo de tela y ella “construyó” su habitación. El baño era una habitación de un metro, con un cono de hilo en la canilla para ducharse con agua fría, que no daba abasto para los 40 adultos y 25 niños que vivían allí.
—El lugar estaba en malas condiciones, entró la policía cuántas veces a medirse las prendas que nosotros cosíamos, incluso al taller que usábamos. También entraron los funcionarios del gobierno de la ciudad a inspeccionar, y los dueños Jaime Abraham Geiler y Daniel Alberto Fischberg. Todos sabían lo que pasaba ahí, nadie hizo nada. Estas muertes eran evitables—.
El incendio se originó por un cortocircuito, debido al mal estado de las conexiones eléctricas. El lugar estaba habilitado para el uso de cinco máquinas, sin embargo funcionaban más de cincuenta. Empezó por la tarde, entre las 16:45 y 16:50, lo recuerda bien porque estaba en el primer piso viendo una novela en la “habitación” de una compañera, mientras esperaba que una máquina se desocupara. Eso la salvó.
Luego de la tragedia todos quedaron en la calle, estuvieron muchos días a la deriva. Debían buscar otro trabajo pero estaban indocumentados. Recuerda a las víctimas, Juana tenía 25 años y estaba embarazada. Era oriunda de Cochabamba, tenía su pasaje comprado para regresar a su hogar el sábado, pero murió el jueves anterior. Dejando a una nena de seis años sin su madre. Wilfredo era un chico de 15 años, y su familia se conformaba por cuatro personas. Dormían todos juntos en un mismo colchón. Lourdes se calla un momento y me expresa que recordarlo le da rabia e impotencia. El resto de las víctimas fueron cuatro niños: Elías Carbajal de 10 años vivía con su abuelo, Rodrigo Carbajal de 4 años y hermano menor de Elías. Luís Quispe de 4 años, un niño tímido que no hablaba castellano, solo aymara y Harry Rodriguez de 3 años.
—Ese día saqué del fuego al hijo de mi compañero Luis, pero perdió a otro de sus hijos, a Harry—.
En 2016, tras una década de lucha y resistencia, se llevó a cabo el juicio. Solo fueron condenados los capataces, Juan Manuel Correa y Luis Silleric Condori. Les dieron 13 años de prisión por considerarlos coautores del delito de reducción a la servidumbre. Hoy gozan de libertad. Mientras tanto, los dueños Jaime Geiler y Daniel Fischberg, eludieron la cárcel. Esta cadena de impunidad no es algo nuevo, sino el reflejo de una estructura de poder que llena sus bolsillos aprovechándose de la necesidad de la gente. Lourdes denuncia que en Galicia 1241 tienen otra fábrica que, al día de hoy, sigue funcionando.
En 2015 otra tragedia se repitió: se incendió un taller clandestino en el barrio de Flores, donde murieron dos niños, Aidar Rolando Mur Menchaca de 5 años y Rodrigo Menchaca de 10, sus padres también eran de nacionalidad boliviana. Una nota de ¹Infobae asegura que la ONG La Alameda presentó, en ese momento, varias denuncias y documentación que acreditaban que el gobierno de Mauricio Macri conocía la situación en la vivienda siniestrada.
No fue raro que en 2017, el nombre de Juliana Awada, ex primera dama, se repitiera en los medios. Una investigación de ²Cosecha Roja puso foco en marcas vinculadas a su familia, como Cheeky, Kosiuko, Portsaid y Como quieres que te Quiera, fueron señaladas por utilizar talleres clandestinos con condiciones idénticas a las de Luis Viale: hacinamiento, jornadas extenuantes y trabajadores migrantes sin derechos. Mientras en las vidrieras se exhibe exclusividad, en las sombras de los barrios residenciales se replica el modelo de “reducción a la servidumbre”. ³En 2018 ocurrió otro incendio, donde murió Mariana Ramos, una niña de 11 años, quien vivía con su familia en un taller clandestino de Mataderos.
Se formó una comisión con la intención de lograr verdadera justicia por el incendio de Luis Viale. Exigen que el sitio se convierta en espacio de memoria contra la lucha de personas con fines de explotación laboral. También crearon un grupo de bordadoras llamado “Bordando Historia, Construyendo Memoria”.
A 20 años de la tragedia, la cita por la memoria es hoy. Desde las 14hs, la puerta de Luis Viale 1249 en Caballito dejará de ser solo una dirección para convertirse en un espacio de resistencia. Como cada 30 de marzo, se exigirá justicia por las trabajadoras textiles y sus hijos, bajo una consigna que sigue vigente: que la explotación laboral no mate ni una vida más.
—No queremos que haya más ropa manchada de sangre. Basta de explotación laboral, porque la explotación laboral mata, la trata laboral, mata. No queremos que se repita, como también la persecución a migrantes. Acá hay mucha discriminacion y racismo, eso pasó con nosotros. No nos vieron como humanos, simplemente por ser de pueblos originarios quechuas-aymaras—.
