Era viernes 13 de noviembre del año 2020. El mundo arrastraba meses de confinamiento por la pandemia, pero en los barrios de San Miguel de Tucumán el encierro era una ficción difícil de sostener.
Rodrigo Argañaraz, de 19 años, salió de su casa en el pasaje Einstein al 1900, en pleno barrio 11 de Marzo, a la hora de la merienda. Llevaba a su hijo de 2 años en brazos mientras iba a comprar tortillas en el negocio de la esquina.
A mitad de camino una escena se desató frente a ellos: tres sujetos en una moto gris eran perseguidos por dos unidades del Grupo Especial de Apoyo Motorizado (GEAM). A unos metros de él, logran alcanzarlos. Los supuestos delincuentes saltan del vehículo e inmediatamente uno de ellos ingresa al domicilio por el que Rodrigo estaba pasando. Entonces, un policia uniformado de negro, con el rostro oculto tras un pasamontañas, levantó su escopeta y les apuntó.
—Yo le decía que no nos apunte, que se le iba a escapar un tiro. Yo estaba con mi hijo. Ellos ya venían con adrenalina, enojados, no les importó la situación en que yo estaba con mi hijo— declaró Rodrigo ante el juez.
El conflicto escaló rápidamente. Los oficiales exigieron ingresar a la casa de Carlos Durán, tío de Rodrigo y él los dejó pasar. Al no encontrar al fugitivo, el policía continuó apuntando a Rodrigo y a su hijo. Los vecinos, que habían salido de sus casas, gritaban y arrojaban piedras para frenar el abuso policial.