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Un escopetazo de la policía le arruinó su sueño de ser piloto 

Por: María de la Paz González


La canilla estaba abierta. El ruido del agua salpicando en el piletón y del roce del jabón contra una remera atemperaba el volumen del televisor. 
¡Elena! ¡Elena le dispararon a tu hijo!
Los gritos resaltaron entre el bullicio de la calle; una mezcla de alaridos, de llantos, y de puteadas. Para Elena todo se volvió ensordecedor y solo pudo correr. 


 ***


Era viernes 13 de noviembre del año 2020. El mundo arrastraba meses de confinamiento por la pandemia, pero en los barrios de San Miguel de Tucumán el encierro era una ficción difícil de sostener.
Rodrigo Argañaraz, de 19 años, salió de su casa en el pasaje Einstein al 1900, en pleno barrio 11 de Marzo, a la hora de la merienda. Llevaba a su hijo de 2 años en brazos mientras iba a comprar tortillas en el negocio de la esquina. 
A mitad de camino una escena se desató frente a ellos: tres sujetos en una moto gris eran perseguidos por dos unidades del Grupo Especial de Apoyo Motorizado (GEAM). A unos metros de él, logran alcanzarlos. Los supuestos delincuentes saltan del vehículo e inmediatamente uno de ellos ingresa al domicilio por el que Rodrigo estaba pasando. Entonces, un policia uniformado de negro, con el rostro oculto tras un pasamontañas, levantó su escopeta y les apuntó. 
Yo le decía que no nos apunte, que se le iba a escapar un tiro. Yo estaba con mi hijo. Ellos ya venían con adrenalina, enojados, no les importó la situación en que yo estaba con mi hijo— declaró Rodrigo ante el juez.
El conflicto escaló rápidamente. Los oficiales exigieron ingresar a la casa de Carlos Durán, tío de Rodrigo y él los dejó pasar. Al no encontrar al fugitivo, el policía continuó apuntando a Rodrigo y a su hijo. Los vecinos, que habían salido de sus casas, gritaban y arrojaban piedras para frenar el abuso policial. 


En medio del altercado, el GEAM solicitó apoyo por radio. Al lugar llegó el móvil TUC- 2109 de la División Patrulleros, con dos efectivos: Julian Alberto Campos y Juan Antonio Diaz. Ellos redujeron a Carlos Durán y lo subieron a la caja de la camioneta. Mientras la camioneta se retiraba camino a la Comisaría N°13, y desde la caja, el oficial Campos disparó desde la caja con su escopeta Maverick, directo a la cara de Rodrigo.
A la par mía estaba mi primo y yo vi que le impactó primero, en la frente y en el brazo. Yo me fijé en él y le dije: “Mira, Daniel, te pegaron.” Él ha quedado shockeado, no me quiso decir nada a mí. Yo me miré el cuerpo, no tenía nada. Pero después me bajó una cosa caliente por la cara, era sangre. Yo me toqué y me di cuenta… Al segundo, me doy cuenta— relató el joven.
Los perdigones impactaron de lleno en el rostro y el pecho de Rodrigo, quien se encontraba aún parado en la vereda y con su hijo escondido entre sus piernas. 


Se retiraron sin brindarle asistencia. Finalmente, fue su madre quien llegó a la escena tras ser alertada por una vecina, y rápidamente lo trasladó al Hospital del Niño Jesús. En la esquina de la calle Frias Silva y Pje. Einstein, se reencontraron con el móvil policial y fueron amenazados por Campos, quien les gritaba:
“¡Ya vas a ver, en la calle te voy a encontrar!”.
Rodrigo fue sometido a dos cirugías. El resultado fue devastador: la pérdida total de su ojo derecho y una debilitación permanente de la visión en el otro. Apenas un mes antes había terminado la secundaria. Trabajaba en la empresa IPC Piscinas y soñaba poder continuar sus estudios. De hecho, el lunes siguiente planeaba inscribirse en la Escuela de pilotos ubicada en el Aero Club de Yerba Buena.
En su declaración, el joven manifestó su frustración tras ser despedido por presentar un “riesgo” para la empresa, y desde ese momento se enfrentó a la imposibilidad de conseguir trabajo, aún con un hijo que debe mantener. Entró en depresión; debía lidiar con las miradas, las burlas, y el largo proceso de lucha que todavía le esperaba. ¿Cómo se puede ser piloto sin un ojo y con la visión comprometida? La violencia institucional no sólo truncó un sueño profesional, también lo dejó sin trabajo.
Pasaron más de cinco años. Recién el 11 de febrero de 2026 se dió comienzo al juicio. El abogado Patricio Char, que formó parte de la defensa particular, solicitaba una pena de 10 años para Campos en carátula de lesiones gravísimas agravadas por haber sido cometidas por un miembro de las fuerzas de seguridad, un delito de extrema gravedad debido al rol institucional de los acusados y al daño irreversible sufrido por la víctima.

El veredicto cerró el proceso judicial el pasado martes 24 de febrero. El juez Augusto José Paz Almonacid reconocido por disponer el sobreseimiento de los cuatro jugadores de Vélez acusados por abuso sexualdeclaró culpable a Julián Alberto Campos por lesiones graves cometidas en exceso por legitima defensa, con una pena de dos años pero permitiendole permanecer en libertad bajo condiciones de conducta. Por su parte, Juan Antonio Díaz fue absuelto de toda responsabilidad.
Es un proceso difícil. Me considero una persona perseverante, fueron muchos años peleándola. Nosotros no llegamos ni a ser clase media, y no conocemos a nadie, no tenemos contactos que nos faciliten las cosas. Quiero que se haga justiciaElena, madre de Rodrigo.
Este caso nos recuerda a otro muy similar, que se llevó a cabo en septiembre del año pasado, contra dos oficiales del GEAM. Nicolas Medina Quintana y Héctor Luis Lobo. La víctima, Franco Almirón, perdió su ojo derecho por un disparo a quemarropa por parte de una escopeta calibre 12/70. A pesar de las pruebas contundentes presentadas por el MPF y la querella, el juez Lucas Alfredo Taboada resolvió absolver a ambos oficiales. 
Ambos casos abren nuevas preguntas sobre la proporcionalidad de las penas en casos de violencia institucional y la cotidianidad de los abusos policiales ocurridos en la provincia. La víctima estuvo tres veces más tiempo que la condena final esperando el juicio. Para Rodrigo es claro: “demasiado poco”. Demasiado poco para todo lo que se derrumbó desde ese día.

Meta Crisis, periodismo desde la periferia. Tucumán, Argentina